
Las horas pasan lentas al tiempo que ella camina a lo largo de un pasillo en penumbra que parece no tener retorno y que se extiende a cada paso que da. Mira por encima del hombro y sus ojos brillan por última vez, esperando una señal que jamás llegará, una melodía que jamás sonará.
Busca algo que le ate a la realidad por última vez antes de sumergirse por completo en el sueño, antes de escapar de una vez por todas. Pero ha comenzado a olvidar el timbre de su risa, su respiración tranquila mientras yace en un lecho bañado por la luz del amanecer, su dedo índice paseándose por cada una de las curvas de su cuerpo, el rastro de saliva que dejaba en sus labios cada vez que se los humedecía.
La única forma que ella tiene de seguir recordándolo para siempre es soñando hasta que los océanos se sequen y el tiempo pierda su importancia. Hasta que la luna se evapore y las estrellas pierdan su luz. Hasta que pueda recolectar puestas de sol y amaneceres para después verlos junto a él.
Se detiene en seco, con el precipicio a tan solo un paso. Cierra los ojos, contiene la respiración.
Espera durante unos minutos con los brazos en cruz, pero nadie acude a impedírselo. Tampoco lo desea, la realidad nunca le ha gustado.
Finalmente salta y sonríe mientras cae. Porque ya sabe donde encontrarle.

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