A se acercó a C muy lentamente, al tiempo que ella podía observar como las sombras de la noche se dibujaban en su piel, pálida como la cera. Le miraba de reojo, casi disimuladamente, al tiempo que fingía prestar atención a las vistas que se podían apreciar desde aquella ventana.
A rodeó la cintura de C con sus brazos y ella pudo sentir los latidos de su corazón destrozado pegados a su espalda. Sentía los labios de A muy cerca de su cuello, y sus manos temblaban sobre el vientre de C.
Su Dios la abrazaba por detrás y tenía que fingir que la respiración no se le cortaba cuando sentía la de él.
- Podrías matarme ahora mismo por tan sólo tocarte - suspiró A- ¿Por qué no lo haces?
- Sabes que soy incapaz de hacerte daño - murmuró C.
- Tu piel me quema y sin embargo no puedo dejar de tocarla - A ahogó un sollozo, con la frente apoyada en la nuca de C.
- Si sigues te harás daño.
- No me importa - A la hizo girarse para mirarla a los ojos- Hagámoslo.
- No - C apartó sus ojos de los de él, intimidada- No soy capaz de hacerte daño otra vez.
- El daño ya está hecho, además se que tu me deseas tanto como yo a ti en este momento - A volvió a suspirar como si le hubieran herido de muerte- ¿Qué más da una gota más de tu veneno?
- ¿Por qué no dejas de hacerme sentir como una víbora? - C le apartó de un empujón.
- Porque eres una estatua de hielo - contestó A con profunda melancolía en sus ojos azules- Las estatuas de hielo ni os inmutais ante el más mínimo cambio.
- Déjame en paz, me quiero ir a casa - C frenó las lágrimas- ¿Dónde estan mis cosas?
C caminó hacia el escritorio y cogió su chaqueta y su bolso. Antes de dirigirse a la puerta se volvió a mirarle por encima del hombro.
A estaba sentado en el borde de la cama, con las manos unidas ante su rostro, apoyando sus labios en ellas, intentando no derrumbarse de nuevo. La luz que entraba desde el jardin le daba de lleno en su pelo largo y castaño, y parecía sacar destellos dorados.
Suplicaba con la mirada, y ella no podía resistirse.
- Anda, ponte la camiseta, que vas a coger frío - C se ablandó un poco.
A apretó los labios y se levantó, para después caminar hasta ella con una decisión que logró intimidarla.
Le arrebató su chaqueta y su bolso y los arrojó lejos. Ella le gritó algo, pero él la ignoró.
A rodeó de frente la cintura de C con sus brazos y la apretó contra él al tiempo que se precipitaba hacia sus labios.
- Así solo consigues hacerte daño - dijo ella sin dejar de besarle.
- Que me da igual - lloraba él silenciosamente sin dejar de besarla- Que ya no me importa.
- Lo cierto es que te he hechado de menos - ella sintió los labios de A en su cuello al tiempo que la conducía hasta el lecho.
- Lo cierto es que yo también - dejó que ella jugara con sus cabellos mientras taladraba su alma con sus enormes ojos claros- Finjamos que nada ha pasado.
- Soy una experta haciendo eso - ella se mordió el labio.
- Yo también - él se enjugó las lágrimas- Veamos si mañana seguirá siendo así.
Bienvenidos al rincón de Psycho.
Diario de la mente sin razón, del cuerpo carente de alma, de la muerte en vida y de los sueños repletos de nostalgia.
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