Ni sobriedad, ni decencia, ni seriedad, ni santa abstinencia.
Viva la perversión de las noches decadentes, ya las hechaba de menos.
Tanto puritanismo, preservación de los valores morales, y más gilipolleces que tienen que ver con el bien ajeno y propio ya me estaban cansando.
Nada importa. Nada queda.
Me entrego así en los brazos de esta bendita decadencia que es mi madre, confidente, amante y autora de la que es la historia de mis diecinueve años de vida.
Quiza la historia más larga, surrealista e interesante que hayais leído o escuchado, pero no por ello la más codiciada.¿Qué encierra sino esta mente sin razón? El recuerdo interminable de incesantes amores frustrados, tardes de lamento, mañanas de resaca y vacío, noches de éxtasis y exceso. Drogas, mucho sexo, y quiza un pequeño atisbo lejano y pobre de lo que dejé de ser hace tiempo.
Muchos comparais la vida que llevo con la de una estrella del Rock... y yo os planteo la duda de que una estrella del Rock se quiera tan poco como lo hago yo.

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